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Jueves, 14 Septiembre 2017 09:38

Misterios en torno a la violencia doméstica

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Uno de los grandes misterios en torno a la violencia doméstica es que se carece de datos fiables sobre su extensión real. El hecho de que todo lo que pasaba dentro de la familia se ha considerado un asunto privado que hasta hace muy poco tiempo ha actuado como factor mantenedor de esta situación.

En el caso de la mujer maltratada, hasta hoy, el marco médico y el judicial han sido reticentes a intervenir en los asuntos que ocurrían dentro de un matrimonio o durante la separación de éste, aún menos en el caso de parejas sin ningún vínculo oficial, como un simple noviazgo o relación de convivencia sin vínculo legal. El problema de la mujer en la pareja de hoy se basa en la existencia de un modelo de sociedad patriarcal anterior, donde se la privaba de derechos, pero a cambio se la consideraba objeto de protección paternalista.

 

De este modelo donde se asumió la natural inferioridad de la mujer, “el sexo débil”, se ha pasado a un modelo social donde existe una teórica igualdad de derechos obligaciones entre los sexos. Pero el poder real lo tiene el varón, y lo tendrá por mucho tiempo. Por eso de nada sirven los reconocimientos de igualdad legal ante la realidad de un conflicto tan grave como los malos tratos. Al contrario esta igualdad “legal” en caso de peligro inminente o daño crónico perjudica a la parte más débil, pues coloca en un plano de igualdad teórica a dos personas similares en sus capacidades reales (hoy por hoy la mayoría de los recursos económicos se encuentran en manos de los hombres por poner solo un ejemplo).

Aunque ya existía el delito de “malos tratos habituales”, concretamente en el art. 153 del código anterior al de 1995, no se aplicaba casi nunca. El artículo era una declaración de intenciones inoperante, pues no se podía aplicar una vez que la pareja estaba en trámites de separación, que es precisamente uno de los momentos más peligrosos dentro de la relación abusiva. Antes del Código Penal de 1995 ya existían las medidas de alejamiento, que si no se aplicaban, más que de forma anecdótica, era por motivos más culturales y sociales que jurídicos.

A pesar de la magnitud del problema y sus secuelas (homicidios, lesiones, juicios, niños abandonados, trasmisión generacional de la violencia y los gastos sociales que todo esto genera en hospitales, psicólogos, penitenciarías, tratamientos, etc.) existe una parte importante de la sociedad civil y religiosa española que sigue manteniendo hasta hoy el  mito de la familia como un lugar seguro, racional, fiable, y donde sus miembros se van a prestar una ayuda mutua y apoyo frente a un exterior, pretendidamente hostil.

El maltrato es vivenciado por la mujer como un fracaso personal del que ella es la única responsable. Esta atribución a causas internas de los problemas matrimoniales contrasta con las atribuciones de un hombre envuelto en una situación de violencia doméstica. Él, casi siempre valorará de forma muy distinta la situación: el hombre, en general, cuando tiene problemas interpersonales realiza atribuciones causales externas, las cuales protegen su autoestima. Esto ocurre de una forma exagerada y deformada en el hombre maltratador.

Estas diferencias psicológicas de género, que son universales, favorecen el establecimiento pasivo de la mujer en una situación de maltrato, cuando éste aparece y no se corrige de inmediato. La mujer maltratada tiende a mantener la situación como forma de evitar un mal que entiende como mayor y que se concreta en la disolución de la familia y con ello el reconocimiento público de su poca valía personal, puesto que no ha sido capaz de elegir al hombre adecuado, retenerlo y mantener la familia unida, etc. Así mismo muchas mujeres permanecen dentro de matrimonios inconcebibles desde un punto de vista ajeno, simplemente por falta de recursos económicos. La falta de apoyo familiar y social: falta de amigos, poco o nulo apoyo emocional de padres, hermanos, etc. suele ser una condición que también favorece que el maltrato se cronifique.

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